Entrevista a Ana María Acedo en la Revista Pueblos del tercer mundo. Nº 151 - Febrero 1985
En la madrileña calle Kirkpatrick, 44 el Instituto de las Misioneras Dominicas del Rosario, y en una habitación del tercer piso, Ana María Acedo Asirón hace unos días que llegó de Zaire trayendo el último beso para su madre. Con el saludo le doy mi sentido pésame, que lo agradece.
Ana María Acedo
Ana María: «No entiendo una vida que no se viva “para los demás”»
Ahora más que nunca lo más cercano es su madre. Por eso y sin forzarle me dice:
«Ella no quería que fuese religiosa y así me lo dijo y demostró muchas veces. Lo aceptó sólo porque yo era mayor de edad cuando entré. El día que me fui al noviciado me acompañó ella. Las postulantes y novicias estaban jugando al corro y cantando. A mí, francamente, ese recreo me pareció una tontería y que yo sería incapaz de divertirme así. Además me hacía presentir otras cosas. Le dije a mi madre que me volvía a casa. Entonces ella me dijo: "Mira, si lo has pensado bien, no te vuelvas atrás por una cosa así". Me quedé. Esta lección me ha acompañado durante toda la vida. Cuando se tiene un objetivo claro, hay que pasar hasta por "jugar al corro" para conseguirlo. Y cuando mi madre ya no está aquí, públicamente se lo agradezco.»
A Ana María le vio nacer un pueblo de la ribera de Navarra, Funes. Uno de esos pueblos que dicen no tener doblez, que son «brutos», llanos, directos, y siempre «pa'lante». Así que la primera pregunta la tengo servida en punta de lápiz. ¿Son éstas, Ana María, tus características?
«Soy rebelde y crítica, pero a la vez tímida. Luchadora; no me arredran las dificultades, pero detesto la guerra. Tampoco me gusta una paz fácil: ni ceder ni que cedan ante mí. Prefiero profundizar en las situaciones, tratar de construir en común. Cuando esto no es posible me retiro, intento otro camino, sola o acompañada. Soy idealista porque creo que todo lo bueno es posible, y esto me hace sufrir bastante.»
Desde el año 1971 al 74 trabajaste en el Zaire en un Dispensario. En el 74 te pidieron que te quedaras en Madrid para prestar un servicio al Equipo General. También sé que aprovechaste este tiempo para sacar el curso de Ciencias Sociales, especializándote en Antropología con miras a tu trabajo con los pigmeos. En el 82 volviste al Zaire, donde te encuentras ahora. Dime, ¿cómo entiendes «tú» vocación misionera y cómo la realizas?
«Para mí la vocación significa estar dispuesta a partir, a romper con todo lo familiar, con sueños a veces muy bonitos y hasta muy buenos. Y aceptar la sorpresa, el futuro imprevisto, desconocido... pero no por afán de aventura, sino porque se está dispuesto a todo. Te lo juegas todo hasta por nada, pues puedes creer incluso que al final no lograrás nada, pero quieres intentarlo y en ello juegas tu vida. Yo no entiendo una vida que no se viva "para los demás". Para mí no tiene sentido. Y no es que sea fácil; es muy exigente, perocreo que sólo así merece la pena vivir. Entiendo "los demás" como los más desposeídos, los olvidados, los desatendidos, los que no encuentran en los otros un trato humano, aquellos que son tan desgraciados que sólo una mirada a los ojos les hace sentir la felicidad.»
y Ana María sabe mirar. Para ella no existen sombras que desfiguren el rostro «de los demás». Vive muy próxima a ellos, muy metida en ellos. Su mirada tras- luce comunión, y de esa comunión con el hombre le pido que me hable. «El hombre es algo maravilloso en el que, si quiero profundizar, me pierdo en la infinitud de Dios. En el mundo hay cosas extraordinarias, pero no hay nada comparable al descubrimiento del "otro" y al encuentro con él. Lo descubro en su inteligencia, su pensamiento, su razonar, su querer, incluso en su misterio. El encuentro produce respeto. Por todo esto no hay nada más decepcionante para mí que la falsedad, el engaño, la mentira.»
Dicho queda al principio: en Funes y su comarca, de hombres de una sola pieza, con un extenso- rico regadío, se dan los buenos pimientos y espárragos. De aquí que de esta tierra no se exporten productos falsificados, engañosos. Lo cierto es que yo frente a Ana María me siento bien, porque es relajante gustar de su verdad.
Pocos de entre los pigmeos han tenido la oportunidad de frecuentar la escuela y aprender la «cultura»). Pero en los poblados pigmeos el niño recibe una educación para su vida concreta: las artes de la caza y de la pesca, las normas del clan, el sentido de la existencia, la comunión con los demás miembros de la gran familia.
Esta su verdad me lleva a proseguir la entrevista sin ningún tipo de recorte. Y me atrevo a preguntarle por su motivación última a la opción misionera. Calladamente, como queriendo proteger su tesoro escondido, me dice: «Jesús de Nazareth con lo que El dijo de sí: Camino, Verdad, Vida, asumiendo el contenido que puede dar un compromiso sincero con la causa que El asumió.»
Todos sabemos cómo la originalidad del Mensaje de Jesús fue su debilidad por los pobres... con «los demás», con estos hombres que en cada época y lugar se nos aparecen con rostros concretos. ¿Tal vez, Ana María, fuiste por eso a compartir tu vida con los pigmeos? ¡.Háblame de los tuyos! «Los pigmeos constituyen una etnia marginal, poco numerosa. En general son seminómadas, viviendo un poco de agricultura, caza, pesca y recolección de frutos de la selva. La mayoría de los que viven cerca de algún poblado son los pigmeos de alguien. Ese alguien tiene todos los derechos sobre ellos y sus familias; respeta sus correrías, pero tiene su parte en el botín. Se les encarga los trabajos más peligrosos, como, por ejemplo, subirse a las palmeras a cortar la' nuez de palma para hacer aceite. Las caídas suelen ser mortales o, cuando menos, el resulta- do es la rotura de la columna o de las piernas. Viven en condiciones inhumanas y la tasa de mortalidad, sobre todo en niños, se eleva hasta el 70 por 100. Los que sobreviven son muy fuertes. Son alegres, les gusta la danza y suelen animar las fiestas de los demás pasando en ellas noches enteras a la luz de la luna. Su medio natural es la selva; la conocen palmo a palmo, y la naturaleza no tiene secretos para ellos. Los fenómenos que les resultan inexplicables los achacan a los espíritus y, según actúan, tratan de descubrir las causas que les han motivado.
Son sencillos en sus relaciones, abiertos, inteligentes, aunque con los que tratan de aprovecharse de ellos se muestran dóciles y tímidos; luego, si pueden, actúan a su modo. Cuando comprueban que las relaciones normales son imposibles, se marchan a otro lugar. Raramente se enfrentan abiertamente para defender sus derechos; sencillamente se van y buscan en la selva un sitio donde les dejen en paz. En general están organizados en grupos de familias extensas y no tienen jefes extraños a ellas. Son muy pocos los que asisten o han asistido a las escuelas" pero a los niños se les ejercita desde pequeños, con una verdadera pedagogía, en todas las artes de la caza, la marcha, la pesca, etc. Existe división del trabajo según el sexo y la edad; cada uno tiene su rol en el grupo, al que saben ser fieles. Tienen también sus leyes y sus mecanismos para resolver los problemas que pueden surgir...»
Tuve que interrumpirle, pues el cigarrillo recostado entre la mesa y el cenicero se consume lentamente hasta que cede su débil ceniza, con riesgo de quemar un hermoso Centro traído de las misiones bolivianas. Sin quererlo me surge el contraste: Ana María, espigada, buena moza, nacida en tierra brava, con temple de jota... y los pigmeos, cortos... Ana María, ¿qué ha supuesto para ti adaptarte a la nueva cultura?
“En Europa no entienden que nos marchemos, que dejemos todo... Yo creo que nuestra misión es apasionante”
Los pigmeos son seminómadas. En algunas épocas cultivan pequeñas tierras; durante muchos meses recogen lo que les ofrece la madre naturaleza en las selvas misteriosas. Las tribus más próximas a los poblados de los negros están sometidas a éstos: son los pigmeos de un determinado dueño que les explota.
«La adaptación es mutua y en ella juega un gran papel el amor. Si se quiere a las personas se intenta, sin darse cuenta, descubrir sus valores y las motivaciones de su actuación. Lo hacemos mutuamente. Lo del idioma es un problema, una limitación muy grande. Nos tenemos que entender en una lengua que ni es la suya ni la mía, ni todos ellos la hablan o entienden. Ellos intentan enseñarme la suya y yo hago esfuerzos por aprenderla, lo que valoran mucho. Aunque creo que las relaciones significan mucho más que una lengua y pienso que tengo que seguir adelante en este aprendizaje.»
También de Ana María sé, por un emisario confidencial, las impacientes ganas de volver a la misión. Y le pregunto: «Los que estáis "ahí" -en la misión-, no os llama "esto" -la patria-? ¿Por qué?«Yo creo que nuestra misión es apasionante y que llena de sentido nuestra vida. Luego, aquí se aprende a relativizar muchas cosas: las comodidades, el confort, los caprichos... También es cierto que está llena de contradicciones. En Europa no entienden que nos marchemos, que dejemos todo. Pero también los que nos creemos desinstalados podemos buscarnos a nosotros mismos de alguna forma. Por eso pienso que tenemos que cuestionarnos continuamente, pues las Instituciones dan seguridad y podemos llegar a otra forma de instalación. Tenemos que vivir siempre en búsqueda, tratando de conservar nuestra capacidad de iniciativa.»
Iniciativa que en el fondo es salir al encuentro del hombre, «de los demás», ofreciendo desde la Fe en Jesús su propia experiencia de vida y libertad. Es lo consonante con su propio credo. Oigámoslo. «Creo en los hombres: negros, amarillos...; en su potencial infinito para ser buenos, para superarse a sí mismos, para crear, para amar... porque creo que Dios se revela continuamente en los hombres. Creo sobre todo en los pobres, porque es muy difícil que ellos adoren a otros dioses. Buscan a Dios y en El se saben en el camino cierto para buscar su dignidad de hombres, la justicia, la fraternidad. Su sufrimiento, profunda- mente humano, les hace dignos de crédito, respeto y amor.
Los pigmeos, pese a sus inhumanas condiciones de vida, pese a su servidumbre, son sencillos y alegres, amantes de la danza y las fiestas.
Creo que las relaciones con los más pobres son relaciones con Dios, directas, sin subterfugios, limpias, diáfanas Creo que Cristo, a quien sigo, está presente en sus luchas de cada día por la supervivencia, la dignidad, la justicia, la paz. Creo que todos caminamos jun- tos hacia un mundo nuevo donde reine el amor: el Reino de Dios.»
El txirimiri ha concluido su obra y unos cálidos rayos de sol se transparentan en el parque. Yo, casi la entrevista... Ana María da la última pincelada. «Estoy convencida de que la vida es un proceso y la historia te va "haciendo". Intento guardar lo mejor de mí misma y caminar abierta siempre, en búsqueda.» O
Simón INZA
Misionero del Verbo Divino
Los pigmeos con los que trabaja Ana Maria son una etnia marginal, poco numerosa, que vive en condiciones infrahumanas. El 70 por 100 de los niños mueren antes de aprender a andar.